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A la sombra de Sidney Tarrow: Conceptos básicos para el estudio de los movimientos de protesta

María de la Luz Inclán Oseguera*

María de la Luz Inclán Oseguera es profesora-investigadora de la División de Estudios Políticos del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), Carretera México-Toluca 3655, Lomas de Santa Fe, Ciudad de México, 01210. Tel: 57 57 98 00, ext. 2230. Correo-e: maria.inclan@cide.edu



Resumen

El propósito de este ensayo es proveer al lector conceptos básicos en la literatura sobre protestas, pues éstas son las formas de expresión más tangibles de un movimiento social. El ensayo comienza con una discusión sobre ciclos y olas de protesta; después de identificar las diferencias entre estos dos conceptos, describo otros más específicos, como los marcos interpretativos y la difusión de protestas, su sincronización, los cambios de escala y los repertorios de contención, para así finalizar discutiendo lo que puede considerarse como éxito o fracaso relativos de un movimiento de protesta. Para cada concepto proporciono una definición concisa y un ejemplo aplicado. La mayoría de las ilustraciones de los conceptos emanan del caso del movimiento zapatista. Sin embargo, también incluyo ejemplos de movimientos de protesta más recientes para mostrarle al lector que aunque los conceptos y la teoría sobre movimientos sociales tienden a adaptarse constantemente a los eventos que forjan el campo de estudio, algunos conceptos sobreviven como herramientas útiles de análisis en la disciplina.

Recibido: 26-10-2015; Aceptado: 26-01-2016

Política y gobierno, 2017

Palabras clave: ciclo de protesta, ola de protesta, marcos interpretativos culturales, difusión, sincronización, cambios de escala, repertorios de contención, éxito y fracaso de los movimientos de protesta.
Keywords: protests, cycles, waves, framing, diffusion, timing, scale shift, repertoires, success and failures.

Introducción

Desde 2011, hemos visto un incremento de los movimientos de protesta alrededor del mundo. Tanto así que, para el final de ese año, la revista Time nombró al “manifestante” como persona del año. Desde entonces, los movimientos sociales han ido recuperando consideración dentro del estudio de política comparada. Coincidiendo con el surgimiento de la Primavera Árabe, las campañas contra la austeridad presupuestal y la corrupción en América Latina y Europa del Sur y otros movimientos guerrilleros en África, salió la tercera edición del ahora libro clásico de Sidney Tarrow, Power in Movement (Poder en el movimiento), lo que ayudó enormemente para comprender los movimientos sociales transnacionales que emergieron con el comienzo de la década de 2000 y para explicar el rol creciente del Internet como herramienta para la movilización.

A pesar de que el libro de Tarrow no incluye las campañas contra el autoritarismo durante la Primavera Árabe, los movimientos antiausteridad en España y Grecia, las protestas contra la corrupción en Brasil o las protestas en contra de la violencia y la impunidad generadas por la guerra contra el narcotráfico en México, en el volumen el autor logra predecir el surgimiento de este tipo de movimientos cuando describe los nuevos actores y repertorios de movilización que participarán en una “sociedad de movimientos sociales” en el nuevo siglo (Meyer y Tarrow, 1998). El término fue acuñado para describir el aumento de movilización social en sociedades democráticas industrializadas y estables. Sin embargo, los movimientos sociales que han surgido en todo el mundo tienen algunos de los elementos que Tarrow enfatiza para describir la sociedad de movimientos sociales democrática e industrializada. No obstante, una sociedad de movimientos sociales que ha surgido fuera de los países democráticos industrializados parece estar caracterizada por eventos más contenciosos y violentos. Sin embargo, al hacerse más comunes, dichas estrategias y tácticas más violentas también se han vuelto convencionales.

Debido a la naturaleza cambiante de los movimientos sociales, su estudio debe adaptarse constantemente y refinar sus teorías y métodos respecto al fenómeno a analizar. La mayoría de las veces esta actualización ha implicado la “creación” de nuevos conceptos explicativos, pues los existentes no sirven en su totalidad para explicar nuevas formas, tácticas, demandas y causas de un movimiento social. Desafortunadamente, esta práctica ha conducido a jerga innecesaria que no sólo puede intimidar a los estudiantes de los movimientos sociales, sino que también obstruye nuestro entendimiento de los movimientos de protesta. Esto no debería ocurrir si consideramos que, como Tarrow (2011, p. 120) arguye, “los movimientos sociales no inventan formas de contención de la nada, sino que innovan dentro y alrededor de los repertorios enclavados en la cultura”.

Mi objetivo en este ensayo es proporcionar al lector conceptos básicos sobre la literatura de los movimientos de protesta, considerando la protesta como la expresión más tangible de un movimiento social. El ensayo comienza con una discusión sobre los ciclos y las olas de protestas. Después de identificar las diferencias entre estos dos conceptos, describo conceptos más específicos, como los marcos interpretativos culturales y la difusión de las protestas, su sincronización, los cambios de escala de movilización y los repertorios de contención. Por último, discuto consideraciones que uno debe hacer al momento de definir los éxitos y fracasos de los movimientos de protesta, especialmente porque éstos tienden a ser relativos y dependen de los objetivos y metas del movimiento, sus organizadores y sus participantes, además de otros factores externos.

Otros estudiosos más prominentes en el campo ya han definido estos términos. Lo que yo propongo hacer aquí es sintetizarlos y ofrecer conceptos fáciles de comprender sin poner en riesgo su complejidad. Basándome en el trato que cada concepto recibe en la literatura, proporciono una definición concisa y un ejemplo aplicado. La mayoría de las ilustraciones de los conceptos emanan del movimiento zapatista, pues este movimiento no sólo nos ofrece excelentes ejemplos de olas de protesta, del marco y repertorio de protestas, de su difusión y sincronización, así como del cambio de escala de movilización, sino que es el movimiento social más sobresaliente de los últimos treinta años en México.

El movimiento zapatista surgió justo después del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas, México, en enero de 1994. Los zapatistas rápidamente ganaron prominencia nacional e internacional dadas las habilidades de su portavoz, el Subcomandante Marcos, quien fue pionero en utilizar el Internet para esparcir la voz de un movimiento de guerrilla “pacífico” que demandaba derechos humanos a los empobrecidos indígenas de México. Como tal, el movimiento zapatista no sólo defendió la causa de los indígenas mexicanos, sino que también inspiró otros movimientos indígenas en América Latina, movimientos autónomos en Italia y España y se convirtió en un emblema para los movimientos altermundistas y contra el neoliberalismo y la globalización alrededor del mundo. El movimiento zapatista es también un gran ejemplo de un movimiento social que se desarrolló dentro de un proceso de democratización. Aunque los zapatistas no estuvieron directamente involucrados en las reformas que permitieron a México convertirse en una democracia electoral, su influencia indirectamente motivó dichas reformas dada la simpatía y apoyo que su ciclo de protestas generó tanto dentro como fuera de México.

Para ofrecer ejemplos más actuales, incorporo algunos de los recientes movimientos por la paz y la justicia y en contra de la corrupción del Estado, la impunidad y la violencia del crimen organizado en México. La desaparición de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos y el asesinato de otras seis personas el 26 de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero, coincidió con la cobertura de los medios a los prominentes casos de conflicto de interés y escándalos de corrupción entre la élite gobernante de México (Aristegui, 2014). La respuesta del Estado hacia estos dos eventos ha sido incompetente y llena de decisiones destinadas a cubrir la impunidad que prevalece en el sistema político y de justicia en México. Como consecuencia, un amplio movimiento social parece emerger, primero, para demandar investigaciones completas y transparentes, y segundo, para demandar una efectiva rendición de cuentas a las tres ramas del gobierno.1

Todavía es temprano para caracterizar la movilización alrededor de estos eventos como un movimiento social, ya que como señala Tarrow (2011, p.118), “un vasto numero de eventos de protesta no constituye, en sí, un movimiento social”. Sin embargo, el desarrollo de esta movilización social también ha incluido, como Tarrow sugiere, otros actores más allá de los actores de movimientos sociales tradicionales, que se han unido a las víctimas, simpatizantes y activistas en su lucha por la justicia y contra la impunidad del Estado mexicano.

Con la ayuda del Internet y el creciente involucramiento de México en la política internacional, las víctimas y sus aliados han logrado que el gobierno mexicano no diera el caso por cerrado tan fácilmente después de la frase insensible “Ya me cansé” del procurador general de la República en su primera conferencia de prensa sobre el caso de Ayotzinapa el 7 de noviembre de 2014. Dicha expresión generó una desaprobación masiva. Gracias a Twitter el hashtag “#YaMeCanse” traspasó las fronteras en unas cuantas horas. Por otro lado, dos días antes de la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, México había sido electo para dirigir la Alianza Internacional para el Gobierno Abierto (Open Government Partnership). La atención internacional estaba sobre el gobierno mexicano. El gobierno mexicano se vio forzado a permitir al grupo de expertos de la Comisión de Derechos Humanos Interamericana involucrarse en las investigaciones sobre el caso de Ayotzinapa.

La presión de la sociedad civil por mayor transparencia y justicia y por el combate a la corrupción y a la impunidad nunca antes había sido tan fuerte. Este empoderamiento civil no vino sólo de un movimiento social organizado por víctimas, simpatizantes y donadores, sino que también se dio gracias a otros actores y canales más institucionalizados que van más allá de las tácticas de los actores de movimientos sociales tradicionales: organizaciones y público transnacionales, instituciones transnacionales (Tarrow, 2011).

Antes de este reciente esfuerzo, el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, organizado por Javier Sicilia en 2011, ya había protestado en contra de la violencia generada por la guerra contra el narcotráfico y había logrado reformas significativas a favor de las víctimas (Gordillo García, 2015). Sin embargo, debido a que los líderes de estos movimientos sociales y otros similares (Iluminemos México)2 aún no han constituido una alianza formal, es difícil pensar en un frente social emergente movilizado por la justicia y la rendición de cuentas que traspase las barreras socioeconómicas y políticas que dividen a la sociedad mexicana. De materializarse pronto el desenlace de las investigaciones sobre el caso Ayotzinapa y la corrupción de las élites político-económicas del país, sabremos si estamos presenciando el surgimiento de un movimiento social influyente y exitoso.

Ciclos y olas de protesta

Sidney Tarrow (2011, p. 6) define la política contenciosa como el momento en el que “la gente ordinaria -frecuentemente en alianza con ciudadanos más influyentes y con cambios en la opinión pública- une fuerzas para confrontar a las elites, autoridades y a sus opositores”. Y esa política contenciosa se dispara cuando las oportunidades políticas cambian y las restricciones crean incentivos para la acción colectiva de actores que carecen de recursos propios. Las personas contienden a través de repertorios de contención conocidos y los expanden creando innovaciones marginales. Cuando estos esfuerzos son respaldados por redes sociales bien estructuradas y una resonancia cultural, los símbolos que orientan la acción en la política contenciosa mantienen la interacción con los opositores -mantienen los movimientos sociales (Tarrow, 2011, p. 6).

En la edición previa del libro, el autor describió un ciclo de contención como “una fase de alto conflicto dentro del sistema social con difusión rápida de acción colectiva de los sectores más movilizados a los menos movilizados; con innovación rápida de las formas de contención; con la creación de nuevos o transformados marcos de acción colectiva; con una combinación de participación organizada y desorganizada, y con un flujo intensificado de información e interacción entre los retadores y las autoridades” (Tarrow, 1998, p. 142). Tarrow aclara que todo este incremento en la contención no es únicamente observable en las relaciones industriales. Ese ciclo de contención también ocurre en las calles, pueblos y escuelas, y esos esfuerzos de movilización viajan de áreas urbanas a áreas rurales. En ninguna de estas definiciones, sin embargo, Tarrow habla específicamente de los ciclos de protesta, sino que trabaja con la contención en general.

Es Ruud Koopmans (1993) quien especifica que un incremento significativo en la actividad de protesta señala el comienzo de un ciclo de contención. Por lo tanto, un ciclo de protestas comienza con una ola de eventos de protesta. Este repentino surgimiento de actividad de protesta puede durar varios meses, pero Koopmans señala que usualmente es seguido por una resaca. La actividad de protesta es necesariamente espontánea y temporal porque los eventos de protesta requieren que los participantes dediquen tiempo y recursos fuera de sus rutinas cotidianas para mantenerlos. Además, conforme avanza un ciclo de protestas, las autoridades responden de manera diferentes a los actores de los movimientos sociales y sus demandas. Estas distintas reacciones del Estado afectan el ciclo de protestas de distintas maneras. Koopmans explica que para disminuir la emergente contención, el Estado puede decidir otorgar concesiones a demandas y actores más moderados mientras reprime grupos y eventos de protesta más radicales. Como resultado, las protestas pueden volverse más convencionales o violentas, dependiendo qué grupo cobre más relevancia -lo cual depende también de los recursos, tácticas y estrategias de movilización con los que cuenten los grupos disidentes.

El flujo y reflujo de protestas nos ayuda a identificar si tenemos un ciclo o una ola. Mientras que las olas de protesta tienden a ser un fenómeno que ocurre una sola vez -normalmente al inicio de un ciclo-, los ciclos de protesta involucran varios surgimientos y retrocesos de olas de protesta. Durante el ciclo, las protestas pueden aumentar, migrar a otros lugares, transformarse y finalmente disminuir mientras las tensiones entre los retadores y las autoridades escalan o decrecen. Mientras las protestas aumentan, pueden convertirse en eventos masivos y tomar distintas formas. Las manifestaciones más comunes son las marchas, los mítines, los bloqueos de calles o edificios y las huelgas. Como eventos masivos, ganan prominencia pública y la atención del Estado. Sin embargo, como se mencionó antes, las protestas contenciosas masivas son difíciles de mantener a lo largo del tiempo, ya que la movilización requiere mucha organización y recursos disponibles.

La prominencia de los eventos de protesta también depende de la capacidad de innovación de aquellos que los organizan. Los factores sorpresa son cruciales para atraer manifestantes, simpatizantes y donadores, pero también para ejercer suficiente presión sobre las autoridades. Por lo tanto, debido a la naturaleza espontánea de las protestas y su alto costo, éstas no pueden durar un periodo prolongado.

Un decaimiento de la movilización de protesta no es, sin embargo, la última etapa del ciclo de contención -aunque la mayoría de las veces se entiende como tal-. La resaca de la actividad de protesta puede indicar el fin de una ola de protestas. Sin embargo, la transformación de protestas contenciosas en otras formas más convencionales de movilización simplemente indica que el movimiento ha entrado en otra etapa de su ciclo de movilización.

Los cambios en un ciclo de protestas también implican que la contención se está enmarcando de forma diferente con el paso del tiempo. Los eventos de protesta y sus demandas tienen que ser reenmarcados de forma distinta para acoplarse a los objetivos y metas cambiantes del movimiento de contención del cual surgieron. Finalmente, las tácticas de contención y las estrategias también pueden variar con el paso del tiempo. Los grupos de interés simpatizantes con un movimiento social pueden decidir usar su poder de cabildeo. Otros grupos involucrados pueden decidir interponer demandas para avanzar con la protección legal de sus intereses y derechos. En términos generales, observamos que mientras el ciclo de protestas decae, otros esfuerzos más convencionales de movilización surgen y abren oportunidades para la representación de las demandas del movimiento. Sin embargo, dependiendo en la agenda del movimiento social, podremos observar a través del tiempo una moderación o radicalización de sus eventos y demandas.

Los ciclos de protesta desempeñan un papel central durante los procesos de democratización. Debido a que una transición democrática se caracteriza por condiciones políticas inestables, no es sorprendente que también se origine una gran movilización contenciosa. Un régimen autocrático que enfrenta una crisis desestabilizadora puede decidir levantar algunas de las restricciones en la libertad de expresión, organización e información en su afán por controlar futuros conflictos y una posible pérdida de legitimidad (Beissinger, 2002; Przeworski, 1991).3 Esto le abre oportunidades a los sectores agraviados de la sociedad para organizar y expresar sus demandas colectiva y públicamente. Por lo tanto, los eventos de protesta surgirán mientras la sociedad civil resucita (O’Donnell y Schmitter, 1986). Sin embargo, conforme la transición avanza y los votos reemplazan a la actividad contenciosa, las protestas, como mecanismo principal para expresar los intereses de la ciudadanía, tienden a disminuir (Eisinger, 1973).

Hay, sin embargo, otros escenarios. La contención puede surgir inicialmente como una reacción a la falta de oportunidades políticas (Goodwin y Jasper, 1999; Hipsher, 1998; Jenkins y Schock, 1992; Oberschall, 2000; Schock, 1999). Conforme la estructura del sistema político cambia, nuevas oportunidades se abren, y los actores de movimientos sociales responden -en un principio- con más protestas, motivados por el éxito que percibieron al presionar por estas aperturas (Tarrow, 2011). Después, cuando la democracia se convierte en “el único juego en el país” (Linz y Stepan, 1996), los movimientos sociales tomarán ventaja de aperturas institucionales para el avance de sus demandas sin tener que recurrir a la actividad contenciosa (Pickvance, 1995).

Mientras que estos argumentos sobre movimientos de protesta se mantienen cuando los analizamos a escala nacional, mi propia investigación sugiere que estos resultados pueden variar a nivel local. Aunque una transición democrática tiende a disminuir la actividad contenciosa conforme la actividad electoral se institucionaliza, a escala local podemos ver que la actividad contenciosa comienza a concentrarse en aquellos lugares en donde a pesar de contar con elecciones libres y transparentes, las élites autoritarias y represivas no han logrado ser reemplazadas por la oposición (Inclán, 2008, 2009, 2009a). Estos resultados incluso aplican para movimientos sociales simpatizantes con aquellas autoridades en el poder y sin importar el número de partidos políticos que compiten en las elecciones (Inclán, 2012).

Las olas de protesta en contra de la violencia del crimen organizado en México durante los últimos años representan otro ejemplo de actividad de protesta que se llevó a cabo en contra de la negligencia y represión de las autoridades. Conforme la democracia electoral de México se ha convertido en rutina, también ha fallado en alcanzar los objetivos liberales que caracterizan a un régimen democrático consolidado: la promoción y protección de las libertades civiles y los derechos políticos más allá del acto de votar.

Con el fin de entender cómo se desarrollan las olas y ciclos de protestas, en las siguientes secciones describo la difusión de las protestas, su cambio de escala, su sincronía, su repertorio de contención y los marcos interpretativos que le dan significado. Todos estos factores juegan un papel relevante en la efectividad del movimiento social y nos ayudan a entender cuándo y por qué un movimiento de protesta será exitoso.

Difusión y cambios de escala en las protestas

En 2010, Rebecca Kolins Givan, Kenneth M. Roberts y Sarah A. Soule dedicaron la edición de un volumen al estudio de la difusión de los movimientos sociales. Ellos arguyen que la difusión de protestas se refiere a la idea del esparcimiento de los movimientos sociales de un sitio a otro durante un periodo determinado. Comprende más que un efecto de contagio, pues dentro de la difusión de un movimiento social no sólo las protestas se esparcen, sino que sus marcos, repertorios, aliados y formas de comunicación se expanden también. La difusión no debe confundirse con la sincronización simultánea de protestas en distintas ciudades, ya que la difusión comprende también una dispersión de las demandas del movimiento, su marco, tácticas, etc. Tampoco debe de confundirse con la idea de los cambios en la escala de movilización, concepto que estos mismos autores definen como un proceso que conlleva a la ampliación del alcance de la actividad contenciosa de un movimiento social y la articulación de la agenda de un movimiento en arenas políticas más amplias.

Un cambio en la escala ocurre cuando un movimiento local alcanza prominencia nacional, o incluso internacional, o cuando un movimiento nacional pierde relevancia y se vuelve un fenómeno local. La difusión es un elemento crucial en el cambio de escala de un movimiento pues, como estos autores enfatizan, para poder entender los mecanismos detrás de la difusión de un movimiento social es necesario observar las redes subyacentes de organizaciones de movimientos sociales, sus activistas y la disponibilidad de canales de comunicación que facilitan la dispersión de tácticas, marcos, imágenes y normas. Sin embargo, estos mismos factores pueden generar un cambio de escala a la baja.

El caso del movimiento zapatista nos da buenos ejemplos ilustrativos sobre la difusión y los cambios de escala de la movilización. Después del levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), el movimiento zapatista se esparció e inspiró otros movimientos por los derechos de los indígenas dentro y fuera del país (Mattiace, 1997; Velasco, 2003). La difusión electrónica del movimiento zapatista fue pionera del uso digital de las redes sociales y de medios de comunicación masivos. Su cambio en escala rápidamente llevó a que el EZLN -que empezó como una guerrilla indígena local- se convirtiera en el vocero principal del Movimiento Indígena en México, e inmediatamente impulsara reformas democráticas (Johnston, 2000; Yashar, 1999). La causa zapatista, sus imágenes y marcos rápidamente alcanzaron e influyeron otras audiencias, así como movimientos transnacionales (Collier y Collier, 2005; Hellman, 1999; Moksnes, 2005; Schulz, 1998).

Con los actuales medios de comunicación electrónica, la difusión y el cambio en escala del movimiento ocurren casi instantáneamente. En años anteriores, observamos una rápida difusión transnacional de movimientos de indignados en Estados Unidos y Europa, y el efervescente cambio en escala de lo que se llegó a conocer como la Primavera Árabe en el Medio Oriente. Los movimientos que componen la Primavera Árabe han desencadenado exitosamente la caída de varios regímenes dictatoriales. Sin embargo, con la excepción de Túnez, los resultados democráticos de estos movimientos aún no se han concretado y han forzado a estos grupos rebeldes a reorganizar sus esfuerzos de movilización localmente ante reacciones del Estado cada vez más represivas. En todos estos ejemplos podemos encontrar no sólo el escalamiento de un movimiento hacia arenas políticas más grandes, sino que también los esfuerzos de reorganización a menor nivel que el de su iniciación (Tarrow, 2010).

El Internet, como tecnología de movilización, no es sólo relativamente poco costosa y fácil de acceder, también tiene una capacidad de alcance impresionante. No obstante, su efectividad para reclutar y para pasar de una movilización virtual a una real aún depende del poder económico y social de los participantes, simpatizantes y donadores. Los medios de Internet han sido cruciales para coordinar movimientos de protesta en países donde las libertades de expresión y organización están amenazadas, si no es que prohibidas. Tales han sido los casos de la Revolución Verde en Irán en 2009 o la Primavera Árabe en Egipto en 2011. Sin embargo, debido a que la movilización en línea depende de la disponibilidad de conectividad del país, en la accesibilidad del servicio para la población -así como del grado de involucramiento político de los usuarios de Internet- los movimientos de protesta que comienzan en línea tienen mayores oportunidades de tener éxito en sociedades con mayores recursos que en aquellas con más carencias (Tarrow, 2011; Tilly y Wood, 2009). De todas formas parecería que el Internet es cada vez más la herramienta preferida de los movimientos sociales que carecen de recursos materiales, pero cuyos recursos humanos tienen visión estratégica y habilidades tácticas listas para ser utilizadas efectivamente (Tarrow, 2011).

El surgimiento de los zapatistas en el Internet durante 1994 convirtió al movimiento en uno transnacional desde su comienzo. Su ingeniosa utilización del Internet no sólo permitió a los zapatistas crear una red transnacional lo suficientemente fuerte como para conformar la causa del movimiento, sino que también lo convirtió en un icono para los indígenas de la región, otros movimientos libertarios y contra la globalización alrededor del mundo. No obstante, su influencia para movilizar campesinos indígenas dentro de la región en conflicto es cuestionable, ya que la mayoría de las comunidades rurales en Chiapas aún permanecen desconectadas de la red del Internet (Inclán, 2009).

Marcos referenciales de las protestas

Cuando los estudiosos de los movimientos sociales hablan de los marcos interpretativos culturales y sus procesos de formación, se refieren al proceso mental por el cual las personas construyen significados para las demandas, los agravios, los intereses, los eventos y las ideas que los rodean. El significado que cada persona le otorga a lo que pasa a su alrededor le permite identificar y concientizar estos eventos, actores e ideas. En otras palabras, los marcos permiten a las personas interpretar la realidad en la que viven. Los marcos interpretativos también le permiten a los individuos prever resultados y acontecimientos potenciales futuros (Della Porta y Diani, 1999). Por lo tanto, enmarcar las ideas, demandas y protestas es una acción propositiva del individuo (Benford y Snow, 2000). Los marcos interpretativos y los procesos de enmarcamiento no “aparecen” o “se dan” en una sociedad, sino que sus miembros los crean.

En 1988, David Snow y Robert Benford describieron los distintos procesos de enmarcamiento que ocurren dentro de un movimiento social. Observaron los tipos de marcos que los actores de movimientos sociales crean (de diagnóstico, pronóstico y motivacional) y cómo, para que estos marcos sean exitosos para la movilización, necesitan alinearse con aquellos marcos interpretativos del público en general. Esto significa que los marcos interpretativos creados por actores de un movimiento social necesitan resonar en los marcos interpretativos de la sociedad en general, pero en particular con los de sus simpatizantes y donadores potenciales, para así generar una movilización que los fortalezca.

Por lo tanto, enmarcar protestas es un proceso muy delicado. Los organizadores deben enmarcar las demandas de tal forma que atraigan numerosos manifestantes, pues el poder de las protestas recae en el número de participantes. Enmarcar protestas también requiere que los organizadores anticipen cual será la reacción de las autoridades y de los posibles actores y grupos en contra del movimiento. Además, deben adaptar los marcos de las protestas a eventos, cambios políticos y culturales a través del tiempo. De otra manera, el movimiento corre el riesgo de perder apoyo y fuerza, sobre todo si sostiene olas prolongadas de protestas. No lograr reenmarcar las demandas de un movimiento a la realidad cambiante de la sociedad puede deslegitimarlo. Todo movimiento de protesta experimenta un desencanto con el paso del tiempo. Para mantener vivo el movimiento, los organizadores y activistas deben mantener el marco del movimiento vigente.

Como se mencionó anteriormente, las transiciones democráticas abren grandes oportunidades para que los movimientos sociales surjan y se desarrollen. Las oportunidades para enmarcar nuevas demandas también son amplias durante una transición democrática dado que el marco democratizador puede enmarcar los intereses y necesidades de muchos grupos y organizaciones disidentes y marginados. La liberalización de las libertades civiles y derechos políticos permite a las minorías y a los grupos excluidos presentar su agenda y pelear para convertirse en actores políticos influyentes en el nuevo régimen. Los radicales y moderados tratarán de realinear sus marcos con las élites políticas que dirigen la transición. Dependiendo del curso de la transición, algunos marcos resonarán más que otros, lo que nos permite identificar qué grupos se beneficiarán en el nuevo régimen democrático.

El surgimiento del movimiento zapatista nos da otro buen ejemplo. A través de la voz y los comunicados del Subcomandante Marcos, el grito zapatista ¡Ya basta! fue escuchado casi inmediatamente después de los primeros eventos violentos en los medios nacionales e internacionales, dándole al grupo gran relevancia. Dado que el movimiento zapatista revivió el movimiento indígena en México y a la sociedad civil mexicana y presionó por la democratización del país, catalizó movimientos indígenas, altermundistas y contra la globalización en otros países; se puede decir que el marco zapatista fue un marco maestro para todos estos otros movimientos (Collier y Collier, 2005; Hellman, 1999; Moksnes, 2005; Schulz, 1998). El marco zapatista resonó muy rápidamente con los sentimientos de movilización de los grupos indígenas dentro y fuera de México, con mayores motivaciones de movilización por la democratización, y con movimientos transnacionales en contra de las políticas económicas neoliberales, como lo hubieran sugerido Snow y Benford (1988, 1992).

El discurso zapatista también se transformó significativamente con el paso del tiempo. La Primera Declaración de la Selva Lacandona, el primer comunicado zapatista, fue una evidente declaración de guerra en contra del Ejército mexicano y fue enmarcado bajo los conceptos marxistas de lucha de clases entre los campesinos y las élites terratenientes chiapanecas. Sin embargo, el discurso zapatista pronto se enmarcó bajo el marco indigenista (Velasco, 2003). Debido a que la aparición del EZLN coincidió con la implementación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y con la inclusión de México en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), las causas del movimiento también representaron un emblema para los movimientos contra el neoliberalismo y la globalización alrededor del mundo. Más tarde el zapatismo también sirvió de bandera para los movimientos transnacionales por la autonomía local a favor de la causa palestina, el movimiento en contra de la guerra en Irak, y finalmente la abolición del Estado como un sistema político hegemónico para establecer la implementación de formas locales directas de democracia. El Subcomandante Marcos llegó hasta el punto de tomar una postura en contra del abogado español Baltasar Garzón y en favor del grupo separatista eta en la región vasca.

Más recientemente, los zapatistas han enfocado sus esfuerzos movilizadores en construir sus autoridades autónomas. Asimismo, han reformado el marco de su discurso hacia aquel de la preferencia de una democracia directa. La otra campaña ha denunciado al Estado como un sistema político hegemónico y extractivo, y ha abogado por formas libertarias locales de representación de intereses. Sin embargo, en octubre de 2016 anunciaron que participarán en la contienda electoral por la presidencia de la República con una candidata independiente indígena.

Otros buenos ejemplos de marcos interpretativos exitosos son, primero, el del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad en 2011, el cual generó un marco a favor de las víctimas, en contra de la violencia del crimen organizado y a favor de la justicia, y segundo, el del movimiento estudiantil de 2012, #YoSoy132, el cual enmarcó sus demandas por libertad de expresión bajo marcos de transparencia, rendición de cuentas, corrupción e impunidad. Ambos movimientos precedieron el movimiento por la aparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa en 2014, y ayudaron a que este reciente esfuerzo de movilización por la justicia encontrara un marco resonante. Se podría hablar de que estos movimientos generaron un marco maestro para los movimientos por la justicia y contra la corrupción e impunidad actuales. Como mencioné antes, la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa coincidió con la revelación de escándalos de corrupción entre la élite gobernante de México. Estos eventos sirvieron de marco para que resurgieran demandas por la transparencia y la justicia dentro del país en los últimos años. Sin embargo, aún tenemos que presenciar la reenmarcación del caso Ayotzinapa con los casos Sicilia, Martí y Wallace para poder hablar de un frente social bajo un mismo marco maestro en contra de la inseguridad, injusticia, corrupción, impunidad y opacidad que imperan en el país actualmente. Hasta ahora no se ha dado una alianza formal entre movimientos. El movimiento por Ayotzinapa no se ha ceñido al marco generado por el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. Aunque el canto del movimiento por Ayotzinapa “¡Vivos se los llevaron!¡Vivos los queremos!” es un slogan resucitado de los movimientos de las décadas de 1960 y 1970 y, como tal, enmarca la reclamación de Ayotzinapa dentro de un movimiento más grande en contra de las desapariciones forzadas, el movimiento por Ayotzinapa aún tiene que incluir las más de 25 000 víctimas reconocidas de la guerra contra el narcotráfico en México, o bien, las demandas ya enmarcadas del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad en 2011 y otros movimientos anteriores. En sus cantos, los manifestantes cuentan del uno al cuarenta y tres para reclamar justicia; asimismo, gritan “¡No somos todos, nos faltan 43!”, pero bien podrían incluir los otros más de 25 000. Para que un frente común se forme en México en contra de la injusticia, corrupción y la impunidad, todos movimientos de víctimas del crimen organizado necesitan empezar a formar alianzas con otros esfuerzos movilizadores en contra de la corrupción e impunidad. Para esto, las diferencias socioeconómicas y de clase necesitan ponerse de lado si los mexicanos queremos justicia para todos. Sólo así las hasta ahora separadas campañas por mayor transparencia, justicia y rendición de cuentas tendrán éxito y los estudiosos de los movimientos sociales podremos hablar de marcos maestros interpretativos de la movilización social.

Repertorio y sincronización de protestas

Los movimientos de protesta hasta ahora nos han enseñado que las protestas pueden ser desde performances artísticas, marchas, mítines, huelgas y bloqueos, invasiones y tomas de tierra y edificios, hasta daños a la propiedad, disturbios y agresiones evidentes hacia otros individuos. La decisión de escoger un tipo de protesta sobre otro depende del marco interpretativo, de los objetivos del movimiento y de la sincronización de protestas dentro de la ola o ciclo de protestas.

En 1986, Charles Tilly consideró el repertorio de contención como un conjunto completo de medios, estrategias y tácticas que un grupo tiene para hacer reclamos de distintos tipos ante distintos grupos e individuos. Por lo tanto, el repertorio de un movimiento de protesta se refiere al tipo de acciones contenciosas que los actores de un movimiento social planean y llevan a cabo durante su movilización. Sin embargo, el repertorio de acciones contenciosas está sujeto al sistema cultural y político bajo el cual se desarrolla. Depende del marco del movimiento, su tradición de actividad contenciosa, las acciones contenciosas permitidas por el Estado, los derechos de los ciudadanos y los estándares de justicia (Tilly, 1986). Por supuesto que habrá casos en los cuales un movimiento social lance actividades contenciosas no convencionales como parte de sus tácticas innovadoras. Estos eventos de protesta no convencionales tienden a llamar mucho la atención y ayudan al movimiento a ganar prominencia. Sin embargo, al llevar a cabo protestas contenciosas que no están permitidas, el movimiento se arriesga no sólo a acciones represivas por parte del Estado o los actores en su contra, sino que también su causa puede perder legitimidad. Si los eventos de protesta son considerados o enmarcados como muy radicales, la protesta puede perder apoyo y simpatizantes. El balance entre la legitimidad de las causas del movimiento, su repertorio de protestas y las percepciones del público en general y de las autoridades influyen en su desarrollo y desenlace.

Qué tipo de protesta y cuándo llevarla a cabo es lo que se entiende como la sincronización de protestas. Aunque la mayoría del tiempo las protestas son respuestas a eventos y cambios socioeconómicos y políticos, los eventos de protesta son acciones planeadas. Por lo tanto, requieren esfuerzos de organización y movilización para llevarlos a cabo en el momento más pertinente para atraer simpatizantes, pero también para atraer la mayor atención posible de las autoridades y de la opinión pública. Las protestas necesitan estar bien sincronizadas para que su prominencia logre obtener una respuesta favorable por parte de las autoridades y del público en general.

Para comprender la planeación de la sincronía de las protestas se puede aplicar la misma lógica que llevan a cabo los actores de movimientos sociales para escoger el tipo de protesta que llevarán a cabo. Si consideramos el ciclo de protesta zapatista, podemos observar que la sincronización de protestas siguió eventos importantes que rodearon el conflicto en Chiapas de 1994 a 2003. El levantamiento zapatista coincidió con la entrada en vigor del tlcan. Los zapatistas ajustaron la sincronía y su repertorio de protestas en distintos momentos durante el ciclo, siguiendo eventos de alrededor, como fueron las elecciones y las negociaciones que mantuvieron con el gobierno federal mexicano.

En mis estudios sobre el movimiento zapatista (Inclán, 2008, 2012), debido a que la demanda de tierra fue la mayor -sino es que la principal-causa del levantamiento del EZLN, la toma de tierras fue la acción que más se dio durante e inmediatamente después del levantamiento armado de 1994. Las tomas de tierra disminuyeron subsecuentemente después de que un acuerdo se firmara ese mismo año por los representantes gubernamentales, los afectados terratenientes y los campesinos. Más tarde, manifestantes zapatistas comenzaron a organizar marchas, mítines, bloqueos de carreteras y toma de edificios importantes. La mayoría de los mítines ocurrieron alrededor de los diálogos de paz entre el EZLN y el gobierno mexicano de 1994 a 1996. Los bloqueos de carreteras, las marchas y la toma de edificios ascendieron debido a los conflictos provocados por las elecciones locales y nacionales en 1994, 1997, 2000 y 2003, y fueron dirigidas contra autoridades locales y estatales por fraude o por no cumplir sus promesas de campaña.

En septiembre de 1996, el diálogo entre el EZLN y la delegación federal se rompió después de que el presidente Ernesto Zedillo no reconociera los Acuerdos de San Andrés que fueron firmados en febrero de ese año y le otorgaban derechos autónomos a los indígenas mexicanos. Entonces, el EZLN comenzó un voto de silencio como una campaña de resistencia. El silencio zapatista redujo el ciclo de protesta a su punto más bajo en 1997. Para ese entonces, la presencia militar en la región también se incrementó significativamente en respuesta a la masacre de cuarenta y cinco simpatizantes del movimiento zapatista por grupos contra zapatistas en Acteal, Chenalhó, el 22 de diciembre de 1997. A pesar de que la presencia militar ayudó a “contener” la violencia, las protestas surgieron de nuevo, esta vez demandando el reconocimiento de los Acuerdos de San Andrés y la retirada del Ejército de la región.

Otra ola de protestas se disparó después de la victoria de Vicente Fox en 2000, el primer presidente no priísta en 70 años. La victoria de Fox le dio una nueva esperanza al movimiento debido a las promesas que Fox había hecho durante su campaña electoral de honrar los Acuerdos de San Andrés y la Ley Cocopa, redactada después de los Acuerdos de 1996 por la Comisión de Concordia y Pacificación. Las protestas volvieron, pero el ciclo zapatista de protesta perdió impulso en 2001 después de que el Congreso mexicano aprobara una versión diluida de la ley. Sintiéndose traicionados una vez más por el gobierno mexicano, los zapatistas olvidaron las protestas y concentraron sus esfuerzos en la creación de sus propios grupos autónomos:las Juntas del Buen Gobierno.

Aunque que los movimientos de protesta #YoSoy132 y por Ayotzinapa comenzaron como reacciones a eventos específicos, conforme pasó el tiempo,sus manifestaciones han disminuido o se han convertido en eventos rituales. Las primeras manifestaciones solidarias masivas con las víctimas de Ayotzinapa fueron reacciones a las incompetentes y descorazonadora respuestas del Estado hacia el caso. El primer aniversario de la desaparición de los estudiantes fue el 26 de septiembre de 2015. Los medios estimaron 80 000 participantes en esta primera marcha conmemorativa. Habrá que ver qué pasa en el segundo aniversario y alrededor de las investigaciones del caso que siguen su curso y de las respuestas de las autoridades para determinar si el movimiento va en disminución, si cambiará de esfera y escala, o si se convertirá en un movimiento ritual de conmemoración de las víctimas de la violencia y la impunidad.4

Éxito y fracaso de los movimientos de protesta

La mayoría de los estudios que analizan el éxito o fracaso relativo de los movimientos sociales se concentran en su efecto sobre las políticas públicas (Amenta, Carruthers y Zylan, 1992; Amenta et al., 2010; Amenta, Dunleavy y Bernstein, 1994). Sin embargo, identificar el éxito o fracaso relativos de un movimiento social requiere más que simplemente observar el impacto del movimiento en la política (Burnstein, Einwohner y Hollander, 1995) o si las organizaciones del movimiento social fueron capaces de ganar concesiones parciales o sustantivas de las autoridades. Entender el éxito o fracaso de un movimiento requiere conocer el contexto político, los valores y creencias del movimiento en general, y de los individuos y las organizaciones en particular (Banaszak, 1996).

Los objetivos de los movimientos sociales pueden ser obtener concesiones inmediatas de los autoridades locales, estatales y nacionales, de aquellas que influyen en el proceso legislativo o de las decisiones judiciales, o pueden querer llamar la atención y generar consciencia entre los miembros de una sociedad sobre causas humanitarias o cambios culturales. Los objetivos de los movimientos sociales también pueden incluir ganar prominencia como un actor político influyente dentro y fuera del movimiento, formar organizaciones del movimiento social, reclutando y entrenando activistas y líderes, movilizar el apoyo y a los simpatizantes, recaudar fondos o influir en la opinión pública. Los individuos que participan en un movimiento social pueden estar interesados en involucrarse políticamente, trabajar por su comunidad y su organización, convertirse en activistas o líderes, etcétera.

Los éxitos de las protestas abarcan desde ser capaces de formar un evento de protesta y evitar acciones represivas duras, hasta a alcanzar sus objetivos más inmediatos y directos. Para una huelga de trabajadores, una señal evidente de éxito puede ser alcanzar un acuerdo con su empleador. Sin embargo, para una protesta poselectoral, el objetivo puede ser influir en la decisión electoral de la corte o en la agenda política de la autoridad electa. También existen las protestas simbólicas, cuyo objetivo principal es conmemorar una lucha y logros pasados.

Los objetivos de los organizadores de la protesta pueden o no coincidir con los de aquellos que protestan. Los manifestantes pueden querer participar para vivir la experiencia, para acompañar a sus parientes, parejas, amigos o colegas, para obtener una compensación por su participación, porque se les requiere que lo hagan o porque creen en la causa de la protesta, por mencionar algunas razones. De manera similar, una organización de movimiento social puede considerar el éxito de un evento de protesta dependiendo del rol que juegen en él y qué pueda obtener del mismo: concesiones, simpatizantes, donadores, etc.

El éxito o fracaso de un acto de protesta también depende de su marco, su sincronización, su lugar dentro de una ola o ciclo de protesta y del tipo de evento dentro del repertorio de contención de un movimiento social. En la mayoría de los casos, los movimientos sociales influyentes tienen efectos institucionales y culturales, y consecuencias más allá de las planeadas por los organizadores, donadores y beneficiarios, ya que al ser influyentes pueden ser capaces de influir en la opinión pública (Banaszak y Ondercin, 2016), enmarcar y reenmarcar cuestiones de movilización (Benford y Snow, 2000), adquirir y perder aliados, y forjar y reforjar instituciones políticas (Giugni, 1998).

Los movimientos que conformaron la Primavera Árabe ofrecen una gran variedad de éxitos y fracasos. Algunas de estas rebeliones lograron derribar antiguos regímenes autoritarios -como en Egipto y Libia- otras han fallado o aún no han obtenido éxito -como en Siria-. Aún así, las historias de éxito han seguido caminos muy distintos, y en todos los casos aún tenemos que observar si los gobiernos democráticos reemplazarán las estructuras de poder autoritarias.

El movimiento #YoSoy132 fue exitoso en tanto revivió al movimiento estudiantil en México con nuevas demandas y agendas. Durante la última campaña presidencial, el movimiento fue exitoso en forzar a los candidatos presidenciales -excepto a Peña Nieto- a llevar a cabo un debate virtual. Por medio del Internet, los estudiantes presentaron preguntas a los candidatos, los cuales estaban sentados frente a frente en un set de televisión parecido a una sala. Éste fue el primer debate organizado independientemente en la historia de las campañas electorales en México. Aún tenemos que esperar a ver si sentará precedente para futuras campañas electorales en el país. Sin embargo, hoy en día pareciera que el movimiento ha desaparecido y no ha logrado estar a la altura de las expectativas de que se convirtiera en un nuevo movimiento estudiantil influyente en la consolidación de la democracia mexicana joven.

El movimiento por Ayotzinapa, hasta ahora, ha obtenido algunas ganancias. Primero, si no hubiera sido por la casi inmediata presencia de los medios -los cuales dieron cobertura a los eventos trágicos y violentos la misma noche de la desaparición de los estudiantes- hubiera sido muy fácil para las autoridades y los medios más conservadores presentar a las 43 víctimas como parte las muertos de la guerra contra el narcotráfico que vemos día a día. Segundo, las manifestaciones masivas en la Ciudad de México -seguidas de la respuesta inepta del Estado al caso- han forzado al gobierno a abrir la investigación a observadores y expertos independientes. También han forzado a las autoridades estatales a llevar a cabo reuniones con los padres de las víctimas, cada vez que éstos las demandan, a pesar del llamado del presidente a “superar” la tragedia. Sin embargo, la investigación aún no concluye y las respuestas de las autoridades no han sido satisfactorias para los padres de los estudiantes desaparecidos. Además, aún tenemos que presenciar si habrá algún progreso en términos de justicia, transparencia y rendición de cuentas en el caso, y en contra de la corrupción y la impunidad en el país.

Conclusiones

El propósito de este ensayo es proveer al lector de definiciones claras de los principales conceptos utilizados en el estudio de movimientos de protesta. El ensayo cubre descripciones y aplicaciones de los siguientes conceptos: ciclos y olas de protestas, sus cambios en escala y su difusión en el tiempo y el espacio, el repertorio de la protesta disponible para los manifestantes, la importancia de la sincronización y enmarcación de las protestas y, finalmente, los factores que afectan el éxito o fracaso de los movimientos de protesta.

El ensayo también discute cómo estos conceptos se entrelazan: un ciclo de protestas necesariamente comienza con una ola de eventos de protesta, la cual se incrementa conforme diferentes formas de protesta tienen lugar y los sectores altamente movilizados contagian a los menos movilizados.

Conforme un movimiento de protesta cambia a escalas más grandes, gana prominencia en la opinión pública, así como la atención del Estado. La naturaleza innovadora y siempre cambiante de los diferentes eventos de protesta y sus demandas también incrementan las oportunidades de un movimiento de protesta para ganar apoyo y atención. Las demandas de protesta necesitan resonar con aquellas de un público mayor, para así atraer miembros, simpatizantes y donadores. Las demandas de un movimiento de protesta también necesitan resonar con el interés de un público mayor para ganar la respuesta del Estado. Por lo tanto, los manifestantes también necesitan tomar en consideración factores externos para enmarcar y sincronizar sus esfuerzos movilizadores. Eventos nacionales e internacionales alrededor del movimiento también pueden enmarcar, disparar o inhibir actos de protesta. Finalmente, el éxito o fracaso de un ciclo de protesta es también parcialmente explicado por todos estos conceptos. No obstante, para poder evaluar el éxito relativo de un movimiento social, primero es necesario saber cuáles son sus objetivos. De cualquier modo, la prominencia de un movimiento social se puede medir por el tamaño de sus eventos de protesta, su difusión geográfica, y escala local, nacional o incluso transnacional, el eco del marco de sus demandas con aquellas de un público mayor y su efectividad para alcanzar sus objetivos vis-à-vis un Estado y un sistema político.





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Notas al pie:

5.

fn5Traducción del inglés de Isabel Muñoz Gil


1.

fn1 http://www.poresopropongo.mx/[consultado el 14 de noviembre de 2014].


2.

fn2 http://www.iluminemosmexico.org.mx/[consultado el 5 de junio de 2016].


3.

fn3Este caso se observa cuando los autócratas deciden no reprimir fuertemente o los reformadores y liberadores no radicalizan su movimiento transicional y lo tranforman en una guerra civil (Przeworski, 1991).


4.

fn4El presente texto se terminó de escribir antes del cumplimiento del segundo aniversario de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa.


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